TRINTA LUMES ESTRENO EN CINES 8 DE FEBRERO



La superstición y la tradición se encuentran de frente en Trinta Lumes, una historia que transcurre en una pequeña aldea de Galicia en la sierra de O Courel (Lugo), donde a día de hoy sus gentes conviven con el envite directo de la naturaleza, el duro invierno, la despoblación y el olvido pero también con una creencia muy fuerte: la muerte no es un fin sino una transición. 
En medio de estos parajes hipnóticos, aparece Alba, una niña de trece años que quiere descubrir la parte desconocida, misteriosa y fascinante de la muerte, que como muchos otros adolescentes, quiere comprender aquello que le rodea pero que no se revela de forma evidente. Junto con su mejor amigo, Samuel, entra en casas abandonadas, recorre pueblos destruidos y se adentra en el interior de unas montañas que esconden quizás otro mundo paralelo. 


 NOTAS DE LA DIRECTORA

A veces lo que nos rodea de forma invisible es más poderoso que lo visible. Aquello que emana de la naturaleza, de la tierra o incluso lo que en muchos momentos se mueve con el aire puede producirnos sensaciones e incluso recuerdos de presencias, de tiempos pasados, de aromas, emociones… que no vemos, pero justamente sentimos. En esta película he querido indagar justo en nuestra gran capacidad para sentir aquello que no captamos por la mirada, pero si a través de los demás sentidos. 

Alba (Alba Arias, 13 años) con una sensibilidad pura e intuitiva, pero también con una mirada atenta y curiosa, se acerca al mundo que la rodea y busca en él aquello que no comprende, aquello que no se revela de un modo evidente. Esta búsqueda sucede además en un lugar muy peculiar, las frondosas y aisladas montañas de O Courel, región montañosa del interior de Galicia (España). Donde sus gentes conviven con el envite directo de la naturaleza, el duro invierno, la despoblación y el olvido pero también con una fuerza: la convicción de que la muerte no es un fin sino una transición.

Esta forma de comprender la vida, y la muerte al mismo tiempo, me fascinó desde el primer momento que comprendí que el Courel en sí mismo también era un lugar con un mundo más oculto que visible, era un iceberg como decía el poeta courelá Uxío Novoneyra. Y cinematográficamente el reto de desvelar algo de aquello que se esconde, que se oculta pero al mismo tiempo también lucha por permanecer presente me pareció necesario para retomar y reivindicar el poder de nuestros sentidos.   
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